domingo, 6 de noviembre de 2011

Se miró al espejo y desplegó las alas, eran, sin duda, hermosas. Y, sin embargo, parecía incapaz de atreverse a salir con ellas de ese cuarto tan minúsculo temiendo no caber por la puerta. Se le antojaba angustioso andar con un pie siempre pegado al suelo por miedo a comprobar que, en realidad, eran falsas y no la permitirían alcanzar las nubes. Temía usarlas por temor a necesitarlas precipitándose al vacío sin tiempo a gritar socorro. Creía, además, correr el riesgo de que una corriente de aire la llevara lejos, hacia tierras y sentidos desconocidos. Pensaba que tal vez se perdiera sin saber volver. Y también es cierto que a veces se descubría pensando que volver no sería una palabra que le hiciera falta.
Recorría grandes distancias cada día, trajinando arriba y abajo con el deseo en la planta de los pies empujando y las alas metidas en los bolsillos desgastándose con el roce y el desuso. Volviendo siempre. Corriendo a refugiarse en su pequeño nido, comiéndose las sobras de deseo silenciado recalentadas para cenar.
Sonreí hace unos días cuando me contaron que la han visto planear, sin mucha altura, a ras de suelo, desde una roca o la rama baja de alguna encina. Planea, piensa, imagina... ojalá se atreva.

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