Rodeada de gente, siempre. Coleccionista de palabras de consuelo en otras voces, de gomas de borrar para sus recuerdos más dolorosos. Cientos de abrazos invisibles la arropan antes de dormir, la acarician el alma, la calman.
Un día tardó más de lo normal en hacerse de día, la noche se tragó al amanecer. Ella se incorporó con el sonido del despertador y los ojos pegados, pensando que su padre había vuelto a bajar la persiana mientras dormía. Por alguna extraña razón su padre se empeñaba en hacer eso cada noche que llegaba tarde de trabajar, entraba en su cuarto y bajaba la persiana que siempre dejaba concienzudamente subida para que la despertara con besos el sol atravesando el cristal. No hubo besos, su cuarto era negro. Tanteo en la pared en busca del interruptor y cuando la magia hizo que se mudara la penumbra, vio que la ventana tenía los ojos abiertos de par en par. Entraba por ella un viento ligero con nombre de septiembre, con el olor del primer día que, después de todo el verano, uno despierta antes que los girasoles, para tomarse un café cargado de pie en la cocina y correr entre los charcos a la parada de autobús, con rumbo rutina. Miró el reloj, las seis y media. Llegaba tarde. Se consoló pensando en la hora que, sentada y en silencio, entre trajín de gente que sube y baja, la esperaba para acabar sus sueños interrumpidos.
El autobús llegó a su destino, viajó entre túneles y legañas. Cuando salió de la galería de luces blancas, ruido, y cabezas bajas, sintió de nuevo al viento llamado septiembre, el crujir de hojas bajo sus zapatos, pero la persiana parecía seguir bajada. El sol se escondía en las farolas. Y la gente parecía jugar también, a una broma en la que ella la ligara. La calle estaba vacía. Miro su reloj: las ocho menos diez. Nada, Nadie. Parecía metida en un cuento sin escribir, cada paso una palabra. Se sintió desprotegida, asustada, sola. Y solitaria, Ella, comenzó a caminar, por aquel escenario, el de su vida. Sintiendo que ensayaba una obra frente a cientos de butacas vacías. Imaginó lluvia, ruido de claxon, coches salpicando, zapatos corriendo, pelos despeinados, paraguas rojos, tomates gigantes. Los miró contrariada y siguió andando, imaginando bares, cristaleras, atravesando espejos.Fue extraño su cuerpo se evaporó y volvió a solidificarse al otro lado del cristal. Empezó a caminar de nuevo, más nerviosa, repasaba ansiosa en su mente, chubasqueros, un chico corriendo con la música pegada a la oreja, perros oliendo árboles, árboles riendose por las cosquillas.... se frotó los ojos, no podía ser. Se reían a carcajadas. Corrió. Periódicos sujetos por piedras en el kiosko, olor a pan, una niña diminuta, desnuda y con alas roba un regaliz negro, la persigue un reptil que estornuda fuego huyendo de un hombre de piedra que mide tres metros de altura y devora chimeneas, chimeneas donde bailan claqué desollinadores, mientras soplan un viento negro que se transforma en una bandada de pájaros sobre su cabeza. Se sienta en un banco a respirar, la cabeza le da vueltas, su cuerpo vibra, el banco corre calle abajo mientras ella se agarra a las crines de un caballo que la lleva hasta una alta torre sin puertas. Una cuerda se lanza desde la única ventana y baja hasta su cintura. Subir parece cansado, imposible, pero mientras piensa que no puede sus manos y sus pies se enredan firmes haciéndola ascender sin esfuerzo. Tras la ventana hay una mujer mayor y berrugosa sentada en una cama, la mira curiosa a los ojos y, sin decir nada, se va haciendo pequeña, minúscula, hasta esconderse bajo un dedal. Levanta el dedal, no hay nada. En la habitación hay pocas cosas, solo la cama, un epejito, espejito, y una mesa con un frasco de cristal y contenido transparente. Lo huele, lo bebe. Y se decepciona sin nada extraordinario que sentir. Se busca en el espejo y no encuentra la manera de colocarse para que este le devuelva su reflejo. La habitación esta vacía hasta de Ella, se ha vuelto invisible. El escenario está vacio, se acuesta cansada en la cama. Cierra los ojos, duerme. Arropada por cientos de brazos que acarician su cuerpo pintando sus colores de nuevo, definiendo sus contornos.
Suena el despertador, las seis y media, llega tarde. Se incorpora y siente el pijama mojado, en su pelo hay enredadas hojas y sus pies están manchados de barro. Se asoma a la ventana y ve todas sus sabanas atadas en escala hasta el suelo. Corre al baño buscando en el espejo su cara, deseando ver sus ojos abiertos. Ahí están. Se ducha, se viste, bebe café de pie y sale a la calle, cobijándose de la lluvia bajo un paraguas rojo. Hay gente por todas partes, suspira aliviada, las butacas están llenas. Terminado el ensayo la función puede comenzar, la luz de las farolas se apaga, sale el sol. Está despierta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario