martes, 30 de agosto de 2011
Por tí.
No se que siento.
Imposible decirlo, decírtelo, decírmelo.
Pero te siento conmigo,
me siento contigo
y me sentaría una vida entera
a comentar lo que ocurre, nos ocurre, les ocurre...
Me sentaría a sentir,
pasaría noches sin dormir,
descubriendo contigo qué sueñas, qué sueño, si soñamos...
escuchando lo que no dices, hablándole a tu piel con caricias.
Y si me siento pensando en lo que falta
me levanto entendiendo que no falta nada,
que no nos tenemos... pero nos miramos, nos pensamos, nos sabemos,
a veces dulces a veces amargos.
Siento... que te siento, me sientes, nos sentimos,
¿más?
Sería un sinsentido.
¿Sientes entonces?
Sí.
¿Qué?
Todo lo posible.
lunes, 29 de agosto de 2011
Aquel miércoles
Parecía que la tierra se revolviera no bajo mis pies, sino bajo mis entrañas. Necesité abrazarme y sentí que no me llegaban los brazos, tan intenso fue el calor que exploté, salté transformada en mil esquirlas que viajaron dispersas por el infinito. Con la sensación de ser buscadora de interruptores en la oscuridad, pescadora de peces en el desierto y veleta rota por el viento, en un instante que ha hecho cicatriz en mi memoria.
Recuerdo aquel parpadeo infinito, desear no despertarme. Las grietas abiertas, los ojos vedados. Recuerdo pensarte, cuanto más te quería, odiarte. Sentir que respiraba la vida estornudándola, atragantada contigo, cansada de no hacer pie.
Caí, con la impotencia guardada de gritar a alguien asomado en una ventana y que, cuando te oye, no entiende, sonríe para que te acerques, te tiende una mano, sin darse cuenta de que no tienes fuerzas para moverte tan lejos. Aquella ventana estaba demasiado alta. Aún me duelen las puntillas. Me doliste tú y la vida, y sé, que intentando agarrarme, arañé y abrí heridas.
Se removieron las entrañas, pero, pasado el miedo, veo que es del choque entre dos fuerzas subterraneas, de donde nacen las montañas.
Y desde entonces, Mar, que sabe lo que no sabe porque no encuentra su horizonte y Río, sorprendido en cada curva de su cauce. Agua, encendida.
Recuerdo aquel parpadeo infinito, desear no despertarme. Las grietas abiertas, los ojos vedados. Recuerdo pensarte, cuanto más te quería, odiarte. Sentir que respiraba la vida estornudándola, atragantada contigo, cansada de no hacer pie.
Caí, con la impotencia guardada de gritar a alguien asomado en una ventana y que, cuando te oye, no entiende, sonríe para que te acerques, te tiende una mano, sin darse cuenta de que no tienes fuerzas para moverte tan lejos. Aquella ventana estaba demasiado alta. Aún me duelen las puntillas. Me doliste tú y la vida, y sé, que intentando agarrarme, arañé y abrí heridas.
Se removieron las entrañas, pero, pasado el miedo, veo que es del choque entre dos fuerzas subterraneas, de donde nacen las montañas.
Y desde entonces, Mar, que sabe lo que no sabe porque no encuentra su horizonte y Río, sorprendido en cada curva de su cauce. Agua, encendida.
domingo, 28 de agosto de 2011
Llena en el vacio
Un día alguien pensó en la emoción de atar una cuerda entre dos montañas y pasar caminando sobre ella con los ojos vendados. Hace tiempo, decidí hacer de mi vida esa cuerda, y cierro los ojos porque así se lo que me gustaría ver, porque así mi dedos son capaces de sentir el aire. Cierro los ojos porque así me saben mejor los besos, porque escucho todo lo que no se dice. Cierro los ojos porque así, las emociones resvalan desde cada poro de mi cuerpo, y siento cada segundo como si en él se decidiera mi vida entera.
jueves, 25 de agosto de 2011
De Inopia a la Tierra
Cuando un dia en clase a Filomena le preguntaron en que le gustaría trabajar futuristicamente, puso cara de mayor, y contestó muy convencida: Quiero ser pescadora de plumas en la Luna de Valencia. Su profesora sorprendida por la respuesta solo alcanzó a preguntar... ¿En la luna de Valencia? - Si, claro- contestó resuelta- es la más bonita de todas, sus vistas son increibles, hay mucha gente que pasa en ella largas temporadas, pero pronto les entra la inquietud, no se muy bien porque, de volver a posar los pies en el suelo, y se olvidan de como volver. La luna de Madrid no esta mal, pero me gustaría mudarme a Valencia, además para ser pescadora necesito tener cerca algún puerto.
A Filomena su madre le regañaba día y noche- Filomena …¡vuelve! Estas en la luna hija, todo el día en la luna ¡a ver cuando pones de una vez los pies en la tierra!.- Pero a Filomena le daba mucho vértigo eso de mirar hacia abajo y ver la tierra donde, se suponía, debía poner los pies. Parecía estar lejos, muy lejos, y además había oído que no era un lugar muy agradable, que la gente no se trataba muy bien y que había mas caras serias que alegres.
En Inopia eso no ocurría, allí ella vivía fenomenal, cada día, algo en lo que no se había fijado antes, la sorprendía dándole al día un color distinto al anterior. - Filomena... ¡Estas siempre en la inopia y no puede ser! ¡ Un día te vas a dar de bruces con la realidad y se te va a quitar esa sonrisa empanada que pones mirando al vacío!
A Filomena no le gustaba nada ese comentario, y no porque no le gustara la empanada, la de su abuela era su plato favorito, sino porque realmente le daba mucho miedo eso de darse de bruces con la realidad, por eso no se atrevía a pegar el Gran Salto y seguía cómodamente sentada en la luna, bien agarrada y segura, mirando al vacío... -¿Vacío?- Se preguntaba.... -¡pero si esta lleno de cosas maravillosas! Motas de polvo danzarinas en el aire, gotas de agua perdidas por un soplo del viento, plumas caídas en el batir de alas de los pájaros... ¡lleno de cosas esta el vacío!- ¿Acaso su madre no podía ver nada de esto? - Que pena....- pensaba Filomena.- no me extraña que tenga esa cara tan seria. -No vas a crecer nunca así, hija, mira que espabiladas están tus demás compañeras- le reprochaba su madre- ¿Cuándo vas a dejar de portarte como una niña?- ¿Crecer?- se preguntaba Filomena,- ¡pero si ya he crecido! Soy la mas alta de mi clase! ¿ por que querrá mi madre que deje de portarme como una niña?, con la suerte que tengo de haber nacido niña y no adulta! Los niños ríen más, juegan, pueden ensuciarse, despeinarse, dormir mucho, ¡sus libros tienen dibujos!, no se cansan corriendo, cantan sin pasar vergüenza... y lo mejor de todo, no se les ha olvidado que existen los duendes, los gatos parlanchines, los lobos feroces, las pócimas mágicas, las casas encantadas... - Todo esto pensaba Filomena cuando oyó a lo lejos que su madre decía...- No puedo más con esta niña, ¡me voy!-
-¿Se va? ¿Mamá ha dicho que se va? ¿será para siempre?, ¡No!, ¡espera!, ¡Que salto!- Y saltó, pero con los nervios y las prisas, no calculó bien donde iban a caer sus pies y cuando dejó de caer estos no tocaron la tierra.... ¡Se sumergieron en el mar!
Filomena no sabía nadar y se hundió, se hundió... hasta quedar sentada en la arena del fondo marino. La tocó con sus manos y estaba suave, cientos de burbujas flotaban por el Vacío del agua, la luz del sol penetraba desde la superficie haciendo que luces traviesas titilaran a su alrededor, mientras las corrientes de agua fría y caliente la mecían... De pronto sintió que se movía veloz, dando mil volteretas y vaivenes; cuando aquel remolino se marchó dejando un rastro de espuma noto el calor del sol sobre la piel y oyó ruido, mucho ruido, el ruido de la música del bar, un niño que lloraba porque no se quería marchar a casa, el claxon de un coche que no podía salir del aparcamiento... -esto si se parece más a lo que dicen que es la Tierra...- pensó Filomena.... - ¡Me voy! ¡Tu padre se está yendo hacia el coche! ¡Ven y trae tu toalla!- la voz de su madre la despertó, Filomena se incorporó y vio que todo su cuerpo estaba cubierto de arena, se había quedado dormida en la orilla del mar, con los pies en el agua, el cuerpo en la tierra y la cabeza... en la luna, siempre en la luna.
A Filomena su madre le regañaba día y noche- Filomena …¡vuelve! Estas en la luna hija, todo el día en la luna ¡a ver cuando pones de una vez los pies en la tierra!.- Pero a Filomena le daba mucho vértigo eso de mirar hacia abajo y ver la tierra donde, se suponía, debía poner los pies. Parecía estar lejos, muy lejos, y además había oído que no era un lugar muy agradable, que la gente no se trataba muy bien y que había mas caras serias que alegres.
En Inopia eso no ocurría, allí ella vivía fenomenal, cada día, algo en lo que no se había fijado antes, la sorprendía dándole al día un color distinto al anterior. - Filomena... ¡Estas siempre en la inopia y no puede ser! ¡ Un día te vas a dar de bruces con la realidad y se te va a quitar esa sonrisa empanada que pones mirando al vacío!
A Filomena no le gustaba nada ese comentario, y no porque no le gustara la empanada, la de su abuela era su plato favorito, sino porque realmente le daba mucho miedo eso de darse de bruces con la realidad, por eso no se atrevía a pegar el Gran Salto y seguía cómodamente sentada en la luna, bien agarrada y segura, mirando al vacío... -¿Vacío?- Se preguntaba.... -¡pero si esta lleno de cosas maravillosas! Motas de polvo danzarinas en el aire, gotas de agua perdidas por un soplo del viento, plumas caídas en el batir de alas de los pájaros... ¡lleno de cosas esta el vacío!- ¿Acaso su madre no podía ver nada de esto? - Que pena....- pensaba Filomena.- no me extraña que tenga esa cara tan seria. -No vas a crecer nunca así, hija, mira que espabiladas están tus demás compañeras- le reprochaba su madre- ¿Cuándo vas a dejar de portarte como una niña?- ¿Crecer?- se preguntaba Filomena,- ¡pero si ya he crecido! Soy la mas alta de mi clase! ¿ por que querrá mi madre que deje de portarme como una niña?, con la suerte que tengo de haber nacido niña y no adulta! Los niños ríen más, juegan, pueden ensuciarse, despeinarse, dormir mucho, ¡sus libros tienen dibujos!, no se cansan corriendo, cantan sin pasar vergüenza... y lo mejor de todo, no se les ha olvidado que existen los duendes, los gatos parlanchines, los lobos feroces, las pócimas mágicas, las casas encantadas... - Todo esto pensaba Filomena cuando oyó a lo lejos que su madre decía...- No puedo más con esta niña, ¡me voy!-
-¿Se va? ¿Mamá ha dicho que se va? ¿será para siempre?, ¡No!, ¡espera!, ¡Que salto!- Y saltó, pero con los nervios y las prisas, no calculó bien donde iban a caer sus pies y cuando dejó de caer estos no tocaron la tierra.... ¡Se sumergieron en el mar!
Filomena no sabía nadar y se hundió, se hundió... hasta quedar sentada en la arena del fondo marino. La tocó con sus manos y estaba suave, cientos de burbujas flotaban por el Vacío del agua, la luz del sol penetraba desde la superficie haciendo que luces traviesas titilaran a su alrededor, mientras las corrientes de agua fría y caliente la mecían... De pronto sintió que se movía veloz, dando mil volteretas y vaivenes; cuando aquel remolino se marchó dejando un rastro de espuma noto el calor del sol sobre la piel y oyó ruido, mucho ruido, el ruido de la música del bar, un niño que lloraba porque no se quería marchar a casa, el claxon de un coche que no podía salir del aparcamiento... -esto si se parece más a lo que dicen que es la Tierra...- pensó Filomena.... - ¡Me voy! ¡Tu padre se está yendo hacia el coche! ¡Ven y trae tu toalla!- la voz de su madre la despertó, Filomena se incorporó y vio que todo su cuerpo estaba cubierto de arena, se había quedado dormida en la orilla del mar, con los pies en el agua, el cuerpo en la tierra y la cabeza... en la luna, siempre en la luna.
El mirador de las sirenas
Me quedé dormida con los ojos abiertos, mirando sin un parpadeo el movimiento incesante del mar entre las rocas. Un movimiento sutil que de lejos es imaginado por el oído que se llena como una caracola del rumor de lo profundo y lo oscuro que se refugia bajo el agua. Y así, dormida, se inundó mi cabeza como una playa cubierta por la marea, se inundó de una historia que despegó mis pies del suelo para perdérlos entre la espuma y convertir mis piernas en una brillante cola escamada que olía a sal. Aquella historia no hablaba de bellas sirenas que peinan sus cabellos al sol, tampoco hablaba de romances entre marineros y seres fantásticos, ni de tesoros escondidos en el fondo del mar.... o quizá.... quizá si hablaba de todas esas cosas...
Cerca de aquellos acantilados, a tres kilómetros una pequeña aldea de pescadores de muros desconchados por la humedad guardaba el faro que salvaba a los barcos nocturnos de ser tragados por los afilados dientes de aquel inmenso tiburón de rocas que protegía una pequeña playa de arena siempre húmeda. En el pueblo vivían muchas familias humildes de pescadores cuyos abuelos, padres e hijos, siempre varones, salían durante meses a faenar en los barcos de atunes dejando el pueblo al cuidado de las mujeres y los niños. Largas se hacían las noches sin los maridos, los amantes o los amigos, tan largas....
Salina no sabía si era por lo largas de aquellas noches o por el color de sus ojos pero lo cierto es que desde hacía tiempo que la buscaba entre la gente, entre las demás mujeres, esperaba en la playa a que saliera el sol para verla llegar todos los días a bañarse antes de que el resto del pueblo despertara. Ibana lo sabía, aunque nunca se había atrevido a hablar con ella por miedo a que sus palabras se acercaran demasiado a sus labios. Lo cierto es que ambas se miraban sin encontrarse nunca en los ojos de la otra, se hablaban sin oírse y se pensaban a deshora.
Volvieron una tarde los barcos de atuneros, y con ellos los hombres de la aldea, y todas aquellas palabras no dichas quedaron escondidas debajo de la alfombra, y en la alfombra se encontraron una noche de alcohol y fiesta en el pueblo. Se escaparon de las voces, los cantos disonantes y los gritos y llenaron aquel cuarto de suspiros, chispas de piernas entrecruzadas y olor a humedad. Salina le prometió encontrar la manera de hacer aquellas noches infinitas y a los tres meses partió en uno de los barcos pesqueros a la mar disfrazada de hombre buscando que al volver todo el mundo la reconociera como un varón mas de la aldea y poder acercarse a Ibana antes del anochecer.
Habían pasado ya casi tres meses, Ibana subía cada anochecer al faro esperando ver acercarse los barcos a la costa, pero la espera se estaba haciendo larga. Dejó de subir todas las noches hasta que en una de ellas los gritos la despertaron, el mar ardía, la boca del tiburón estaba mas abierta y oscura que nunca, la luz del faro había muerto y solo el fuego iluminaba la terrible escena, un barco había encallado en la costa rocosa y el único sonido que se oía ya era el de la madera crujiendo. Ningún grito, ninguna voz de socorro. Subieron al faro y encontraron que estaba vacío, el guardes de las luces había desaparecido, nunca se supo mas de él. Ningún cuerpo pudo ser rescatado de las aguas porque ninguno parecía haberse arriesgado a salvarse saltando. Las mujeres esperaron sentadas en lo alto del acantilado hasta el amanecer, sin atreverse a suponer o imaginar. Con la luz llegó otro barco que pudo atracar en el puerto y del que bajó una terrible historia. “Hace un día-contaron- unas voces que parecía traídas por el viento retumbaron en torno a los barcos diciendo -si ella te a permitido esconder tu cuerpo bajo la apariencia de un pescador, tendrá que ser ella el pez que te encuentre-. Parecía una maldición, se repitió mil veces como los truenos de una tormenta, y cesó tan repentinamente que nadie quiso reconocer que había oído nada. Seguimos navegando y perdimos de vista el barco anoche, hasta ahora....”.
Salió corriendo hacia el acantilado donde ya no quedaba ni rastro de los restos del navio, su amor había sido maldecido por las diosas del mar, y como mujer de la costa sabía que hacer oídos sordos a su sentencia solo traería la desgracia para la aldea. Se aferraba además a las palabras del viento, quizá la encontrara.... Bajó resbalando por piedras que rodaban a su alrededor hasta la playa de arena siempre húmeda y se tumbo en ella esperando a que la tragara la marea. Poco a poco la espuma cubrió sus pies y lamió su cuerpo dejando un rastro de sal que endurecido por el sol hizo que sus piernas no pudieran volver a separarse envueltas en una coraza, de sal algas y conchas arrastradas por las olas. Se tragó su cintura su torso su cuello... cerró los ojos y al abrirlos todo estaba oscuro, tardó en acostumbrarse a esa oscuridad, desde allí no sabia decir si en la superficie era de noche o de día. Se sumergió aun más buscando el barco que guardaba el cuerpo de su amada y no encontró nada, ningún rastro de naufragio, empezó a agobiarse pensando quizá que todo había sido un mal sueño que había tenido al quedarse dormida en la orilla esperando a que los barcos llegaran, su mente no conseguía separar realidad de sueño, y entonces lo vio... brillaba medio enterrado en la arena del fondo... era un peine. Salió a la superficie con él y buscó una roca en la que sentarse, atardecía. Era de Salina, todas las mañanas se sentaba en un extremo de la playa a peinarse mientras la veía darse el primer baño de la mañana antes de que amaneciera el pueblo, nunca había visto aquel peine de cerca antes, pero a pesar de las algas y la sal, olía a ella. Se hizo tarde mientras peinándose sin cesar devoraba el horizonte con la mirada perdida. Al caer la noche creyó ver un barco que se acercaba. La luz del faro volvía a brillar y quiso apagarla, deseaba que el barco se acercará hacia ella, que fuera tragado por las rocas y le diera la oportunidad de rescatar a su amor, como las voces habían predicho. Entonces comenzó a cantar, dicen que las voces que retumban en el mar y se mezclan con el viento tienen la fuerza de hacerte dormir con los ojos abiertos, mirando sin un parpadeo el movimiento incesante del mar entre las rocas... Un movimiento sutil que es imaginado por el oído que se llena como una caracola de lo profundo y oscuro que se refugia bajo el agua.
Así era su voz, profunda, bella y oscura. La luz del faro se apagó y una sombra se precipitó al agua envuelta por aquel brillante sonido. El tiburón esperaba con afilados dientes y se tragó de un solo bocado aquel barco que inocente y ciego encalló entre las rocas. Unos treinta hombres trataron de salvarse lanzándose al mar pero las corrientes eran demasiado fuertes como para zafarse de ellas, Ibana buscó a su amada en todos los rostros pero no la encontró, exhausta volvió a la playa y cuando miró de nuevo hacia el mar no vio ningún rastro de naufragio, las olas se relamían.
Algunos marineros dicen haberla visto desde el acantilado cuando la luz es naranja y violeta, sentada siempre en la roca peinando sus cabellos con la mirada fija en el horizonte, esperando a que la noche traiga algún barco cargado de esperanza para ella. “El mirador de las sirenas” le pusieron por nombre a aquellas rocas y desde hace tiempo, cuando sienten que el viento sopla desde las profundidades del océano, nadie se atreve a buscar la luz del faro.
Cerca de aquellos acantilados, a tres kilómetros una pequeña aldea de pescadores de muros desconchados por la humedad guardaba el faro que salvaba a los barcos nocturnos de ser tragados por los afilados dientes de aquel inmenso tiburón de rocas que protegía una pequeña playa de arena siempre húmeda. En el pueblo vivían muchas familias humildes de pescadores cuyos abuelos, padres e hijos, siempre varones, salían durante meses a faenar en los barcos de atunes dejando el pueblo al cuidado de las mujeres y los niños. Largas se hacían las noches sin los maridos, los amantes o los amigos, tan largas....
Salina no sabía si era por lo largas de aquellas noches o por el color de sus ojos pero lo cierto es que desde hacía tiempo que la buscaba entre la gente, entre las demás mujeres, esperaba en la playa a que saliera el sol para verla llegar todos los días a bañarse antes de que el resto del pueblo despertara. Ibana lo sabía, aunque nunca se había atrevido a hablar con ella por miedo a que sus palabras se acercaran demasiado a sus labios. Lo cierto es que ambas se miraban sin encontrarse nunca en los ojos de la otra, se hablaban sin oírse y se pensaban a deshora.
Volvieron una tarde los barcos de atuneros, y con ellos los hombres de la aldea, y todas aquellas palabras no dichas quedaron escondidas debajo de la alfombra, y en la alfombra se encontraron una noche de alcohol y fiesta en el pueblo. Se escaparon de las voces, los cantos disonantes y los gritos y llenaron aquel cuarto de suspiros, chispas de piernas entrecruzadas y olor a humedad. Salina le prometió encontrar la manera de hacer aquellas noches infinitas y a los tres meses partió en uno de los barcos pesqueros a la mar disfrazada de hombre buscando que al volver todo el mundo la reconociera como un varón mas de la aldea y poder acercarse a Ibana antes del anochecer.
Habían pasado ya casi tres meses, Ibana subía cada anochecer al faro esperando ver acercarse los barcos a la costa, pero la espera se estaba haciendo larga. Dejó de subir todas las noches hasta que en una de ellas los gritos la despertaron, el mar ardía, la boca del tiburón estaba mas abierta y oscura que nunca, la luz del faro había muerto y solo el fuego iluminaba la terrible escena, un barco había encallado en la costa rocosa y el único sonido que se oía ya era el de la madera crujiendo. Ningún grito, ninguna voz de socorro. Subieron al faro y encontraron que estaba vacío, el guardes de las luces había desaparecido, nunca se supo mas de él. Ningún cuerpo pudo ser rescatado de las aguas porque ninguno parecía haberse arriesgado a salvarse saltando. Las mujeres esperaron sentadas en lo alto del acantilado hasta el amanecer, sin atreverse a suponer o imaginar. Con la luz llegó otro barco que pudo atracar en el puerto y del que bajó una terrible historia. “Hace un día-contaron- unas voces que parecía traídas por el viento retumbaron en torno a los barcos diciendo -si ella te a permitido esconder tu cuerpo bajo la apariencia de un pescador, tendrá que ser ella el pez que te encuentre-. Parecía una maldición, se repitió mil veces como los truenos de una tormenta, y cesó tan repentinamente que nadie quiso reconocer que había oído nada. Seguimos navegando y perdimos de vista el barco anoche, hasta ahora....”.
Salió corriendo hacia el acantilado donde ya no quedaba ni rastro de los restos del navio, su amor había sido maldecido por las diosas del mar, y como mujer de la costa sabía que hacer oídos sordos a su sentencia solo traería la desgracia para la aldea. Se aferraba además a las palabras del viento, quizá la encontrara.... Bajó resbalando por piedras que rodaban a su alrededor hasta la playa de arena siempre húmeda y se tumbo en ella esperando a que la tragara la marea. Poco a poco la espuma cubrió sus pies y lamió su cuerpo dejando un rastro de sal que endurecido por el sol hizo que sus piernas no pudieran volver a separarse envueltas en una coraza, de sal algas y conchas arrastradas por las olas. Se tragó su cintura su torso su cuello... cerró los ojos y al abrirlos todo estaba oscuro, tardó en acostumbrarse a esa oscuridad, desde allí no sabia decir si en la superficie era de noche o de día. Se sumergió aun más buscando el barco que guardaba el cuerpo de su amada y no encontró nada, ningún rastro de naufragio, empezó a agobiarse pensando quizá que todo había sido un mal sueño que había tenido al quedarse dormida en la orilla esperando a que los barcos llegaran, su mente no conseguía separar realidad de sueño, y entonces lo vio... brillaba medio enterrado en la arena del fondo... era un peine. Salió a la superficie con él y buscó una roca en la que sentarse, atardecía. Era de Salina, todas las mañanas se sentaba en un extremo de la playa a peinarse mientras la veía darse el primer baño de la mañana antes de que amaneciera el pueblo, nunca había visto aquel peine de cerca antes, pero a pesar de las algas y la sal, olía a ella. Se hizo tarde mientras peinándose sin cesar devoraba el horizonte con la mirada perdida. Al caer la noche creyó ver un barco que se acercaba. La luz del faro volvía a brillar y quiso apagarla, deseaba que el barco se acercará hacia ella, que fuera tragado por las rocas y le diera la oportunidad de rescatar a su amor, como las voces habían predicho. Entonces comenzó a cantar, dicen que las voces que retumban en el mar y se mezclan con el viento tienen la fuerza de hacerte dormir con los ojos abiertos, mirando sin un parpadeo el movimiento incesante del mar entre las rocas... Un movimiento sutil que es imaginado por el oído que se llena como una caracola de lo profundo y oscuro que se refugia bajo el agua.
Así era su voz, profunda, bella y oscura. La luz del faro se apagó y una sombra se precipitó al agua envuelta por aquel brillante sonido. El tiburón esperaba con afilados dientes y se tragó de un solo bocado aquel barco que inocente y ciego encalló entre las rocas. Unos treinta hombres trataron de salvarse lanzándose al mar pero las corrientes eran demasiado fuertes como para zafarse de ellas, Ibana buscó a su amada en todos los rostros pero no la encontró, exhausta volvió a la playa y cuando miró de nuevo hacia el mar no vio ningún rastro de naufragio, las olas se relamían.
Algunos marineros dicen haberla visto desde el acantilado cuando la luz es naranja y violeta, sentada siempre en la roca peinando sus cabellos con la mirada fija en el horizonte, esperando a que la noche traiga algún barco cargado de esperanza para ella. “El mirador de las sirenas” le pusieron por nombre a aquellas rocas y desde hace tiempo, cuando sienten que el viento sopla desde las profundidades del océano, nadie se atreve a buscar la luz del faro.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Sauca
Sauca nació con un don extraño, la primera idea que tuvo, siendo bien pequeña, explotó en su cabeza en forma de un diminuto brotecillo verde. De aquella idea surgió otra y, con ella, aparecieron las primeras hojas, que se elevaron en un largo y fuerte tallo, y es que Sauca seguía creciendo, y de igual forma sus cada vez mas abundantes ideas que hicieron que, en su cabeza, naciera un fuerte y joven árbol.
Al principio Sauca temía las burlas de sus compañeros, y escondía esos brotes con bonitos y coloridos sombreros que eran la envidia de todas las niñas del colegio. Pero cada vez era más difícil ocultar las ahora fuertes ramas que crujían molestas bajo sus excéntricas y grandes pamelas. Un día, estando en clase, ocurrió lo inevitable, Sauca levantó la mano y al hablar.... ¡¡CRAC!! una de aquellas ramas agujereó el sombrero y se abrió paso hacia el exterior. Todos sus compañeros de clase se quedaron boqueabiertos y el silencio fue roto al fin por una primera e hiriente carcajada que hizo que Sauca avergonzada se marchara corriendo de la clase pensando en no volver jamás. Corrió y corrió por un camino de tierra que comunicaba su pequeño pueblo con un lugar desconocido para ella, pronto tuvo que parar a descansar y entre lágrimas se sentó bajo un gran árbol cercano al camino. Echa un ovillo pensaba en lo mucho que odiaba su arbórea cabeza y en lo mucho que la gustaría tener un bonita melena que poder trenzar como las demás niñas en lugar de una maraña de hojas y ramas. De pronto notó que algo rozaba sus brazos. Unas hojas amarillentas caían sobre ella, levantó la cabeza preguntándose porque el árbol bajo el que estaba sentada se desprendía de sus hojas en primavera, pero aquel árbol seguía tan verde y hermoso como siempre. Las hojas mustias que caían sobre ella eran las de su propia cabeza. Alzó las manos para tocar sus ramas y notó seca su corteza y retorcida su forma, no le gustó, que rabia.... ¡CRAC! Sonó. Y con horror se dio cuenta de que había partido una de aquellas ramas imposibles de peinar y que ahora se quejaba astillada en su mano. La contempló aturdida, y con la otra mano se palpó la cabeza buscando el dolor... más de una vez había visto a sus compañeras de clase mantener absurdas peleas en las que alguna vez alguna se había llevado un fuerte tirón de pelo con el consiguiente gemido de dolor, a ella no le dolía nada, y sin embargo notó un amargo nudo en la garganta, que tras unos segundos la enmudeció. Era incapaz de articular palabra. Asustada por no poder hablar jamás volvió corriendo al camino con la intención de regresar al pueblo a pedir ayuda pero el camino ya no estaba. Había en su lugar un extraño reguero viscoso que partía del árbol en el que había estado sentada hacía unos segundos hacia la puesta de sol. Lo siguió curiosa y pronto alcanzó al creador de tan extraño sendero, nada mas y nada menos que un gran y rojo caracol que avanzaba lenta, muy lentamente . Intentó adelanatarle para ponerse delante suyo y reclamar su atención con gestos, comprobar si podia ayudarla, pero no le fue posible, sus pies estaban pegados a la baba del caracol y solo podía avanzar deslizandose por ella tras la enorme concha carmesí, cualquier intento de abandonarla era inutil. Se resignó, sin voz, y sin poder salir corriendo en busca de alguien que la ayudara caminó lenta, muy lentamente. Era curisoso porque a pesar de la lentitud de sus pasos el paisaje a us alrededor iba metamorfoseandose rápidamente, no quedaba ningún árbol ya a la vista y las piedras se convirtieron en tierra y la tierra en arena. El sol del poniente cada vez estaba más cerca, el calor era sofocante y el silencio pesado. Nada vibraba a su alrededor, nada se movía, ¿ Nada? El caracol había desaparecido, estaba sola perdida en medio de un inmenso desierto. Cerró los ojos en busca de algún sonido cerrándolos fuertemente, como si con la fuerza de sus párpados pudiera atraer algún signo de vida que se mantuviera oculto a su alrededor. Y lo consiguió, tras unos minutos creyó oir algo, un goteo lento que poco a poco se fue convirtendo en una suave corriente, Que extraño, pensó no imaginaba que en este desierto pudiera haber ningún riachuelo... que agradable sería meter los pies en el para aliviar todo el calor del cuerpo... debe correr bajo la arena.... se concentro imaginando unas raices que desde la planta de sus pies alcanzaran el oculto acuaeducto, consiguió aliviar el calor pensando en ello mientras empezaba a sentir que el sudor de su frente volvia al interior de su cuerpo, el calor menguaba, he incluso imaginó que una brisa agitaba sus ramas.... ¿sus ramas? Alzó las manos buscando la seca corteza que había dañado y encontró en su lugar un tronco fuerte y unas ramas flexibles, aspiro, olía a color verde, crecia su árborea cabellera mientras su pensamiento se aproximaba veloz hacia el agua que corria bajo sus pies, y cuando la sombra de su ramaje le protegió por completo del ardiente sol, sus raices se sumergieron en el agua. Se había convertido en un expléndido sauce con una verde melena que caía lacia hasta sus pies acunada por el viento. Llorón llamaron al árbol al que sus ideas dieron forma. Lo que no comprendía los que asi le nombraron con burla es que son las lágrimas el río que corre bajo nuestros pies y que nos ayuda a crecer y transformarnos.
Al principio Sauca temía las burlas de sus compañeros, y escondía esos brotes con bonitos y coloridos sombreros que eran la envidia de todas las niñas del colegio. Pero cada vez era más difícil ocultar las ahora fuertes ramas que crujían molestas bajo sus excéntricas y grandes pamelas. Un día, estando en clase, ocurrió lo inevitable, Sauca levantó la mano y al hablar.... ¡¡CRAC!! una de aquellas ramas agujereó el sombrero y se abrió paso hacia el exterior. Todos sus compañeros de clase se quedaron boqueabiertos y el silencio fue roto al fin por una primera e hiriente carcajada que hizo que Sauca avergonzada se marchara corriendo de la clase pensando en no volver jamás. Corrió y corrió por un camino de tierra que comunicaba su pequeño pueblo con un lugar desconocido para ella, pronto tuvo que parar a descansar y entre lágrimas se sentó bajo un gran árbol cercano al camino. Echa un ovillo pensaba en lo mucho que odiaba su arbórea cabeza y en lo mucho que la gustaría tener un bonita melena que poder trenzar como las demás niñas en lugar de una maraña de hojas y ramas. De pronto notó que algo rozaba sus brazos. Unas hojas amarillentas caían sobre ella, levantó la cabeza preguntándose porque el árbol bajo el que estaba sentada se desprendía de sus hojas en primavera, pero aquel árbol seguía tan verde y hermoso como siempre. Las hojas mustias que caían sobre ella eran las de su propia cabeza. Alzó las manos para tocar sus ramas y notó seca su corteza y retorcida su forma, no le gustó, que rabia.... ¡CRAC! Sonó. Y con horror se dio cuenta de que había partido una de aquellas ramas imposibles de peinar y que ahora se quejaba astillada en su mano. La contempló aturdida, y con la otra mano se palpó la cabeza buscando el dolor... más de una vez había visto a sus compañeras de clase mantener absurdas peleas en las que alguna vez alguna se había llevado un fuerte tirón de pelo con el consiguiente gemido de dolor, a ella no le dolía nada, y sin embargo notó un amargo nudo en la garganta, que tras unos segundos la enmudeció. Era incapaz de articular palabra. Asustada por no poder hablar jamás volvió corriendo al camino con la intención de regresar al pueblo a pedir ayuda pero el camino ya no estaba. Había en su lugar un extraño reguero viscoso que partía del árbol en el que había estado sentada hacía unos segundos hacia la puesta de sol. Lo siguió curiosa y pronto alcanzó al creador de tan extraño sendero, nada mas y nada menos que un gran y rojo caracol que avanzaba lenta, muy lentamente . Intentó adelanatarle para ponerse delante suyo y reclamar su atención con gestos, comprobar si podia ayudarla, pero no le fue posible, sus pies estaban pegados a la baba del caracol y solo podía avanzar deslizandose por ella tras la enorme concha carmesí, cualquier intento de abandonarla era inutil. Se resignó, sin voz, y sin poder salir corriendo en busca de alguien que la ayudara caminó lenta, muy lentamente. Era curisoso porque a pesar de la lentitud de sus pasos el paisaje a us alrededor iba metamorfoseandose rápidamente, no quedaba ningún árbol ya a la vista y las piedras se convirtieron en tierra y la tierra en arena. El sol del poniente cada vez estaba más cerca, el calor era sofocante y el silencio pesado. Nada vibraba a su alrededor, nada se movía, ¿ Nada? El caracol había desaparecido, estaba sola perdida en medio de un inmenso desierto. Cerró los ojos en busca de algún sonido cerrándolos fuertemente, como si con la fuerza de sus párpados pudiera atraer algún signo de vida que se mantuviera oculto a su alrededor. Y lo consiguió, tras unos minutos creyó oir algo, un goteo lento que poco a poco se fue convirtendo en una suave corriente, Que extraño, pensó no imaginaba que en este desierto pudiera haber ningún riachuelo... que agradable sería meter los pies en el para aliviar todo el calor del cuerpo... debe correr bajo la arena.... se concentro imaginando unas raices que desde la planta de sus pies alcanzaran el oculto acuaeducto, consiguió aliviar el calor pensando en ello mientras empezaba a sentir que el sudor de su frente volvia al interior de su cuerpo, el calor menguaba, he incluso imaginó que una brisa agitaba sus ramas.... ¿sus ramas? Alzó las manos buscando la seca corteza que había dañado y encontró en su lugar un tronco fuerte y unas ramas flexibles, aspiro, olía a color verde, crecia su árborea cabellera mientras su pensamiento se aproximaba veloz hacia el agua que corria bajo sus pies, y cuando la sombra de su ramaje le protegió por completo del ardiente sol, sus raices se sumergieron en el agua. Se había convertido en un expléndido sauce con una verde melena que caía lacia hasta sus pies acunada por el viento. Llorón llamaron al árbol al que sus ideas dieron forma. Lo que no comprendía los que asi le nombraron con burla es que son las lágrimas el río que corre bajo nuestros pies y que nos ayuda a crecer y transformarnos.
sábado, 20 de agosto de 2011
Hoy
Se entremezclan los colores cuando duermo,
no existen trazos,
no hay focos,
ninguna línea buscando el horizonte.
Hoy, despertar es ver mil ramas enredadas,
no hay bosque.
Se entremezclan pensamientos cuando despierta,
se dispersan los sentidos,
se difuminan los sinsentidos
y llueve lo que siento.
Hoy, respirar es quitarle aire a mis pulmones,
soplar niebla.
Se entremezclan sueños cuando viva,
recorro lo posible
y lo imposible,
vivo en mi piel de gallina.
Hoy, caminar es buscar una luz encendida
en una acuarela.
no existen trazos,
no hay focos,
ninguna línea buscando el horizonte.
Hoy, despertar es ver mil ramas enredadas,
no hay bosque.
Se entremezclan pensamientos cuando despierta,
se dispersan los sentidos,
se difuminan los sinsentidos
y llueve lo que siento.
Hoy, respirar es quitarle aire a mis pulmones,
soplar niebla.
Se entremezclan sueños cuando viva,
recorro lo posible
y lo imposible,
vivo en mi piel de gallina.
Hoy, caminar es buscar una luz encendida
en una acuarela.
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