lunes, 29 de agosto de 2011

Aquel miércoles

Parecía que la tierra se revolviera no bajo mis pies, sino bajo mis entrañas. Necesité abrazarme y sentí que no me llegaban los brazos, tan intenso fue el calor que exploté, salté transformada en mil esquirlas que viajaron dispersas por el infinito. Con la sensación de ser buscadora de interruptores en la oscuridad, pescadora de peces en el desierto y veleta rota por el viento, en un instante que ha hecho cicatriz en mi memoria.
Recuerdo aquel parpadeo infinito, desear no despertarme. Las grietas abiertas, los ojos vedados. Recuerdo pensarte, cuanto más te quería, odiarte. Sentir que respiraba la vida estornudándola, atragantada contigo, cansada de no hacer pie.
Caí, con la impotencia guardada de gritar a alguien asomado en una ventana y que, cuando te oye, no entiende, sonríe para que te acerques, te tiende una mano, sin darse cuenta de que no tienes fuerzas para moverte tan lejos. Aquella ventana estaba demasiado alta. Aún me duelen las puntillas. Me doliste tú y la vida, y sé, que intentando agarrarme, arañé y abrí heridas.
Se removieron las entrañas, pero, pasado el miedo, veo que es del choque entre dos fuerzas subterraneas, de donde nacen las montañas.
Y desde entonces, Mar, que sabe lo que no sabe porque no encuentra su horizonte y Río, sorprendido en cada curva de su cauce. Agua, encendida.

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