jueves, 25 de agosto de 2011

El mirador de las sirenas

Me quedé dormida con los ojos abiertos, mirando sin un parpadeo el movimiento incesante del mar entre las rocas. Un movimiento sutil que de lejos es imaginado por el oído que se llena como una caracola del rumor de lo profundo y lo oscuro que se refugia bajo el agua. Y así, dormida, se inundó mi cabeza como una playa cubierta por la marea, se inundó de una historia que despegó mis pies del suelo para perdérlos entre la espuma y convertir mis piernas en una brillante cola escamada que olía a sal. Aquella historia no hablaba de bellas sirenas que peinan sus cabellos al sol, tampoco hablaba de romances entre marineros y seres fantásticos, ni de tesoros escondidos en el fondo del mar.... o quizá.... quizá si hablaba de todas esas cosas...
Cerca de aquellos acantilados, a tres kilómetros una pequeña aldea de pescadores de muros desconchados por la humedad guardaba el faro que salvaba a los barcos nocturnos de ser tragados por los afilados dientes de aquel inmenso tiburón de rocas que protegía una pequeña playa de arena siempre húmeda. En el pueblo vivían muchas familias humildes de pescadores cuyos abuelos, padres e hijos, siempre varones, salían durante meses a faenar en los barcos de atunes dejando el pueblo al cuidado de las mujeres y los niños. Largas se hacían las noches sin los maridos, los amantes o los amigos, tan largas....
Salina no sabía si era por lo largas de aquellas noches o por el color de sus ojos pero lo cierto es que desde hacía tiempo que la buscaba entre la gente, entre las demás mujeres, esperaba en la playa a que saliera el sol para verla llegar todos los días a bañarse antes de que el resto del pueblo despertara. Ibana lo sabía, aunque nunca se había atrevido a hablar con ella por miedo a que sus palabras se acercaran demasiado a sus labios. Lo cierto es que ambas se miraban sin encontrarse nunca en los ojos de la otra, se hablaban sin oírse y se pensaban a deshora.
Volvieron una tarde los barcos de atuneros, y con ellos los hombres de la aldea, y todas aquellas palabras no dichas quedaron escondidas debajo de la alfombra, y en la alfombra se encontraron una noche de alcohol y fiesta en el pueblo. Se escaparon de las voces, los cantos disonantes y los gritos y llenaron aquel cuarto de suspiros, chispas de piernas entrecruzadas y olor a humedad. Salina le prometió encontrar la manera de hacer aquellas noches infinitas y a los tres meses partió en uno de los barcos pesqueros a la mar disfrazada de hombre buscando que al volver todo el mundo la reconociera como un varón mas de la aldea y poder acercarse a Ibana antes del anochecer.
Habían pasado ya casi tres meses, Ibana subía cada anochecer al faro esperando ver acercarse los barcos a la costa, pero la espera se estaba haciendo larga. Dejó de subir todas las noches hasta que en una de ellas los gritos la despertaron, el mar ardía, la boca del tiburón estaba mas abierta y oscura que nunca, la luz del faro había muerto y solo el fuego iluminaba la terrible escena, un barco había encallado en la costa rocosa y el único sonido que se oía ya era el de la madera crujiendo. Ningún grito, ninguna voz de socorro. Subieron al faro y encontraron que estaba vacío, el guardes de las luces había desaparecido, nunca se supo mas de él. Ningún cuerpo pudo ser rescatado de las aguas porque ninguno parecía haberse arriesgado a salvarse saltando. Las mujeres esperaron sentadas en lo alto del acantilado hasta el amanecer, sin atreverse a suponer o imaginar. Con la luz llegó otro barco que pudo atracar en el puerto y del que bajó una terrible historia. “Hace un día-contaron- unas voces que parecía traídas por el viento retumbaron en torno a los barcos diciendo -si ella te a permitido esconder tu cuerpo bajo la apariencia de un pescador, tendrá que ser ella el pez que te encuentre-. Parecía una maldición, se repitió mil veces como los truenos de una tormenta, y cesó tan repentinamente que nadie quiso reconocer que había oído nada. Seguimos navegando y perdimos de vista el barco anoche, hasta ahora....”.
Salió corriendo hacia el acantilado donde ya no quedaba ni rastro de los restos del navio, su amor había sido maldecido por las diosas del mar, y como mujer de la costa sabía que hacer oídos sordos a su sentencia solo traería la desgracia para la aldea. Se aferraba además a las palabras del viento, quizá la encontrara.... Bajó resbalando por piedras que rodaban a su alrededor hasta la playa de arena siempre húmeda y se tumbo en ella esperando a que la tragara la marea. Poco a poco la espuma cubrió sus pies y lamió su cuerpo dejando un rastro de sal que endurecido por el sol hizo que sus piernas no pudieran volver a separarse envueltas en una coraza, de sal algas y conchas arrastradas por las olas. Se tragó su cintura su torso su cuello... cerró los ojos y al abrirlos todo estaba oscuro, tardó en acostumbrarse a esa oscuridad, desde allí no sabia decir si en la superficie era de noche o de día. Se sumergió aun más buscando el barco que guardaba el cuerpo de su amada y no encontró nada, ningún rastro de naufragio, empezó a agobiarse pensando quizá que todo había sido un mal sueño que había tenido al quedarse dormida en la orilla esperando a que los barcos llegaran, su mente no conseguía separar realidad de sueño, y entonces lo vio... brillaba medio enterrado en la arena del fondo... era un peine. Salió a la superficie con él y buscó una roca en la que sentarse, atardecía. Era de Salina, todas las mañanas se sentaba en un extremo de la playa a peinarse mientras la veía darse el primer baño de la mañana antes de que amaneciera el pueblo, nunca había visto aquel peine de cerca antes, pero a pesar de las algas y la sal, olía a ella. Se hizo tarde mientras peinándose sin cesar devoraba el horizonte con la mirada perdida. Al caer la noche creyó ver un barco que se acercaba. La luz del faro volvía a brillar y quiso apagarla, deseaba que el barco se acercará hacia ella, que fuera tragado por las rocas y le diera la oportunidad de rescatar a su amor, como las voces habían predicho. Entonces comenzó a cantar, dicen que las voces que retumban en el mar y se mezclan con el viento tienen la fuerza de hacerte dormir con los ojos abiertos, mirando sin un parpadeo el movimiento incesante del mar entre las rocas... Un movimiento sutil que es imaginado por el oído que se llena como una caracola de lo profundo y oscuro que se refugia bajo el agua.
Así era su voz, profunda, bella y oscura. La luz del faro se apagó y una sombra se precipitó al agua envuelta por aquel brillante sonido. El tiburón esperaba con afilados dientes y se tragó de un solo bocado aquel barco que inocente y ciego encalló entre las rocas. Unos treinta hombres trataron de salvarse lanzándose al mar pero las corrientes eran demasiado fuertes como para zafarse de ellas, Ibana buscó a su amada en todos los rostros pero no la encontró, exhausta volvió a la playa y cuando miró de nuevo hacia el mar no vio ningún rastro de naufragio, las olas se relamían.
Algunos marineros dicen haberla visto desde el acantilado cuando la luz es naranja y violeta, sentada siempre en la roca peinando sus cabellos con la mirada fija en el horizonte, esperando a que la noche traiga algún barco cargado de esperanza para ella. “El mirador de las sirenas” le pusieron por nombre a aquellas rocas y desde hace tiempo, cuando sienten que el viento sopla desde las profundidades del océano, nadie se atreve a buscar la luz del faro.

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