Se miró al espejo y desplegó las alas, eran, sin duda, hermosas. Y, sin embargo, parecía incapaz de atreverse a salir con ellas de ese cuarto tan minúsculo temiendo no caber por la puerta. Se le antojaba angustioso andar con un pie siempre pegado al suelo por miedo a comprobar que, en realidad, eran falsas y no la permitirían alcanzar las nubes. Temía usarlas por temor a necesitarlas precipitándose al vacío sin tiempo a gritar socorro. Creía, además, correr el riesgo de que una corriente de aire la llevara lejos, hacia tierras y sentidos desconocidos. Pensaba que tal vez se perdiera sin saber volver. Y también es cierto que a veces se descubría pensando que volver no sería una palabra que le hiciera falta.
Recorría grandes distancias cada día, trajinando arriba y abajo con el deseo en la planta de los pies empujando y las alas metidas en los bolsillos desgastándose con el roce y el desuso. Volviendo siempre. Corriendo a refugiarse en su pequeño nido, comiéndose las sobras de deseo silenciado recalentadas para cenar.
Sonreí hace unos días cuando me contaron que la han visto planear, sin mucha altura, a ras de suelo, desde una roca o la rama baja de alguna encina. Planea, piensa, imagina... ojalá se atreva.
Acuarelas encendidas
domingo, 6 de noviembre de 2011
sábado, 10 de septiembre de 2011
Sonámbula
Rodeada de gente, siempre. Coleccionista de palabras de consuelo en otras voces, de gomas de borrar para sus recuerdos más dolorosos. Cientos de abrazos invisibles la arropan antes de dormir, la acarician el alma, la calman.
Un día tardó más de lo normal en hacerse de día, la noche se tragó al amanecer. Ella se incorporó con el sonido del despertador y los ojos pegados, pensando que su padre había vuelto a bajar la persiana mientras dormía. Por alguna extraña razón su padre se empeñaba en hacer eso cada noche que llegaba tarde de trabajar, entraba en su cuarto y bajaba la persiana que siempre dejaba concienzudamente subida para que la despertara con besos el sol atravesando el cristal. No hubo besos, su cuarto era negro. Tanteo en la pared en busca del interruptor y cuando la magia hizo que se mudara la penumbra, vio que la ventana tenía los ojos abiertos de par en par. Entraba por ella un viento ligero con nombre de septiembre, con el olor del primer día que, después de todo el verano, uno despierta antes que los girasoles, para tomarse un café cargado de pie en la cocina y correr entre los charcos a la parada de autobús, con rumbo rutina. Miró el reloj, las seis y media. Llegaba tarde. Se consoló pensando en la hora que, sentada y en silencio, entre trajín de gente que sube y baja, la esperaba para acabar sus sueños interrumpidos.
El autobús llegó a su destino, viajó entre túneles y legañas. Cuando salió de la galería de luces blancas, ruido, y cabezas bajas, sintió de nuevo al viento llamado septiembre, el crujir de hojas bajo sus zapatos, pero la persiana parecía seguir bajada. El sol se escondía en las farolas. Y la gente parecía jugar también, a una broma en la que ella la ligara. La calle estaba vacía. Miro su reloj: las ocho menos diez. Nada, Nadie. Parecía metida en un cuento sin escribir, cada paso una palabra. Se sintió desprotegida, asustada, sola. Y solitaria, Ella, comenzó a caminar, por aquel escenario, el de su vida. Sintiendo que ensayaba una obra frente a cientos de butacas vacías. Imaginó lluvia, ruido de claxon, coches salpicando, zapatos corriendo, pelos despeinados, paraguas rojos, tomates gigantes. Los miró contrariada y siguió andando, imaginando bares, cristaleras, atravesando espejos.Fue extraño su cuerpo se evaporó y volvió a solidificarse al otro lado del cristal. Empezó a caminar de nuevo, más nerviosa, repasaba ansiosa en su mente, chubasqueros, un chico corriendo con la música pegada a la oreja, perros oliendo árboles, árboles riendose por las cosquillas.... se frotó los ojos, no podía ser. Se reían a carcajadas. Corrió. Periódicos sujetos por piedras en el kiosko, olor a pan, una niña diminuta, desnuda y con alas roba un regaliz negro, la persigue un reptil que estornuda fuego huyendo de un hombre de piedra que mide tres metros de altura y devora chimeneas, chimeneas donde bailan claqué desollinadores, mientras soplan un viento negro que se transforma en una bandada de pájaros sobre su cabeza. Se sienta en un banco a respirar, la cabeza le da vueltas, su cuerpo vibra, el banco corre calle abajo mientras ella se agarra a las crines de un caballo que la lleva hasta una alta torre sin puertas. Una cuerda se lanza desde la única ventana y baja hasta su cintura. Subir parece cansado, imposible, pero mientras piensa que no puede sus manos y sus pies se enredan firmes haciéndola ascender sin esfuerzo. Tras la ventana hay una mujer mayor y berrugosa sentada en una cama, la mira curiosa a los ojos y, sin decir nada, se va haciendo pequeña, minúscula, hasta esconderse bajo un dedal. Levanta el dedal, no hay nada. En la habitación hay pocas cosas, solo la cama, un epejito, espejito, y una mesa con un frasco de cristal y contenido transparente. Lo huele, lo bebe. Y se decepciona sin nada extraordinario que sentir. Se busca en el espejo y no encuentra la manera de colocarse para que este le devuelva su reflejo. La habitación esta vacía hasta de Ella, se ha vuelto invisible. El escenario está vacio, se acuesta cansada en la cama. Cierra los ojos, duerme. Arropada por cientos de brazos que acarician su cuerpo pintando sus colores de nuevo, definiendo sus contornos.
Suena el despertador, las seis y media, llega tarde. Se incorpora y siente el pijama mojado, en su pelo hay enredadas hojas y sus pies están manchados de barro. Se asoma a la ventana y ve todas sus sabanas atadas en escala hasta el suelo. Corre al baño buscando en el espejo su cara, deseando ver sus ojos abiertos. Ahí están. Se ducha, se viste, bebe café de pie y sale a la calle, cobijándose de la lluvia bajo un paraguas rojo. Hay gente por todas partes, suspira aliviada, las butacas están llenas. Terminado el ensayo la función puede comenzar, la luz de las farolas se apaga, sale el sol. Está despierta.
Un día tardó más de lo normal en hacerse de día, la noche se tragó al amanecer. Ella se incorporó con el sonido del despertador y los ojos pegados, pensando que su padre había vuelto a bajar la persiana mientras dormía. Por alguna extraña razón su padre se empeñaba en hacer eso cada noche que llegaba tarde de trabajar, entraba en su cuarto y bajaba la persiana que siempre dejaba concienzudamente subida para que la despertara con besos el sol atravesando el cristal. No hubo besos, su cuarto era negro. Tanteo en la pared en busca del interruptor y cuando la magia hizo que se mudara la penumbra, vio que la ventana tenía los ojos abiertos de par en par. Entraba por ella un viento ligero con nombre de septiembre, con el olor del primer día que, después de todo el verano, uno despierta antes que los girasoles, para tomarse un café cargado de pie en la cocina y correr entre los charcos a la parada de autobús, con rumbo rutina. Miró el reloj, las seis y media. Llegaba tarde. Se consoló pensando en la hora que, sentada y en silencio, entre trajín de gente que sube y baja, la esperaba para acabar sus sueños interrumpidos.
El autobús llegó a su destino, viajó entre túneles y legañas. Cuando salió de la galería de luces blancas, ruido, y cabezas bajas, sintió de nuevo al viento llamado septiembre, el crujir de hojas bajo sus zapatos, pero la persiana parecía seguir bajada. El sol se escondía en las farolas. Y la gente parecía jugar también, a una broma en la que ella la ligara. La calle estaba vacía. Miro su reloj: las ocho menos diez. Nada, Nadie. Parecía metida en un cuento sin escribir, cada paso una palabra. Se sintió desprotegida, asustada, sola. Y solitaria, Ella, comenzó a caminar, por aquel escenario, el de su vida. Sintiendo que ensayaba una obra frente a cientos de butacas vacías. Imaginó lluvia, ruido de claxon, coches salpicando, zapatos corriendo, pelos despeinados, paraguas rojos, tomates gigantes. Los miró contrariada y siguió andando, imaginando bares, cristaleras, atravesando espejos.Fue extraño su cuerpo se evaporó y volvió a solidificarse al otro lado del cristal. Empezó a caminar de nuevo, más nerviosa, repasaba ansiosa en su mente, chubasqueros, un chico corriendo con la música pegada a la oreja, perros oliendo árboles, árboles riendose por las cosquillas.... se frotó los ojos, no podía ser. Se reían a carcajadas. Corrió. Periódicos sujetos por piedras en el kiosko, olor a pan, una niña diminuta, desnuda y con alas roba un regaliz negro, la persigue un reptil que estornuda fuego huyendo de un hombre de piedra que mide tres metros de altura y devora chimeneas, chimeneas donde bailan claqué desollinadores, mientras soplan un viento negro que se transforma en una bandada de pájaros sobre su cabeza. Se sienta en un banco a respirar, la cabeza le da vueltas, su cuerpo vibra, el banco corre calle abajo mientras ella se agarra a las crines de un caballo que la lleva hasta una alta torre sin puertas. Una cuerda se lanza desde la única ventana y baja hasta su cintura. Subir parece cansado, imposible, pero mientras piensa que no puede sus manos y sus pies se enredan firmes haciéndola ascender sin esfuerzo. Tras la ventana hay una mujer mayor y berrugosa sentada en una cama, la mira curiosa a los ojos y, sin decir nada, se va haciendo pequeña, minúscula, hasta esconderse bajo un dedal. Levanta el dedal, no hay nada. En la habitación hay pocas cosas, solo la cama, un epejito, espejito, y una mesa con un frasco de cristal y contenido transparente. Lo huele, lo bebe. Y se decepciona sin nada extraordinario que sentir. Se busca en el espejo y no encuentra la manera de colocarse para que este le devuelva su reflejo. La habitación esta vacía hasta de Ella, se ha vuelto invisible. El escenario está vacio, se acuesta cansada en la cama. Cierra los ojos, duerme. Arropada por cientos de brazos que acarician su cuerpo pintando sus colores de nuevo, definiendo sus contornos.
Suena el despertador, las seis y media, llega tarde. Se incorpora y siente el pijama mojado, en su pelo hay enredadas hojas y sus pies están manchados de barro. Se asoma a la ventana y ve todas sus sabanas atadas en escala hasta el suelo. Corre al baño buscando en el espejo su cara, deseando ver sus ojos abiertos. Ahí están. Se ducha, se viste, bebe café de pie y sale a la calle, cobijándose de la lluvia bajo un paraguas rojo. Hay gente por todas partes, suspira aliviada, las butacas están llenas. Terminado el ensayo la función puede comenzar, la luz de las farolas se apaga, sale el sol. Está despierta.
jueves, 8 de septiembre de 2011
Enredo
que son inexistentes los resquicios y las grietas entre árboles abrazados en lo alto, arañando la luz del sol sin conseguir llenarse las uñas, más que de deseo . Siento como ellos en sus pies sienten la boca del lobo, el armario lleno de monstruos, el oscuro hueco bajo la escalera, el fondo del saco. Los ojos cerrados, en una noche que se deshace eternamente entre suspiros y susurros de polvo encantado. No se mueven las agujas, no suenan las y cuarto, no se cuentan los segundos, la eternidad es aplastante y devora, devora con besos, muerde, corre y busca. Buscadora de momentos, para guardarlos en cajones de llaves perdidas, en tarros de minuteros triturados, en compases sin tempo. Colgada boca abajo se me vacía el alma por doquier y por bolsillos al revés. Se comba mi cuerpo queriendo rozar con la nariz el suelo, rizando pensamientos atropellados en mi cabeza, zambullendo las manos entre tus olas. Las huelo, las bebo y las recorro con cada centímetro de mi cuerpo ahogado, dormido, dominado. Todo se para en telarañas tejidas por ramas, donde quedan atrapados los gemidos como mosquitos buscadores de miel. Solo un animal recorre la oscura sima del valle. Escudriñando con sus orejas el paisaje, blanca como la luz de la luna, misteriosa hechicera cazadora de ilusiones, pensamientos, intuiciones, deseos... Mientras todo duerme, alza el vuelo, y se lleva mis sueños. Al rozarte siento
domingo, 4 de septiembre de 2011
Descubriendo dormida
Desde hacía unos días estaba notando un cosquilleo, era como el de la lluvia acariciando la piel, pero en el estomago. Algo ocurría a su alrededor imposible de percibir, lo notaba, pero sus ojos eran incapaces de darle alguna pista. Respiró profundo y olió la tierra, humedad. Tragó saliva y supo que sabía dulce y ácido a la vez, a color morado. Agudizó el oido y escuchó la hierba agitada, las hojas caer. Sus manos jugaban con las motas de polvo que descubre la luz del sol entre los árboles. Algo estaba cambiando en torno a ella. Se sentó en una roca del parque mirando sin esperar nada, le encantaba hacer eso, esperando lo inesperable, lo que no se sabe que va a llegar... todo.
El cosquilleo continuaba, se quedó dormida, apartó las hojas mas frondosas, y comenzó a caminar. Llego a una pradera amplia, guardada por un único árbol y de la que salían muchos caminos. La pradera parecía un lugar perfecto donde descansar, pero le picaba la curiosidad, ¿Donde llevarían esos caminos? Quizá alguno se adentrara en el bosque, puede que otro llevara a una pradera aun mas hermosa... tal vez alguno era una senda hacia un río...¿Serían muy largos? Siempre le había costado mucho decidirse, quizá fuera mas fácil quedarse disfrutando de la pradera, tumbarse al sol, dar algún brinco, buscar algún insecto azul... Se sentó a disfrutar en el medio de aquel claro, mirando de reojo los caminos, rascándose la curiosidad. Pasaron los minutos y empezó a sentirse un poco incómoda, hacía algo de frio, la hierba estaba algo seca y pinchaba. Buscó otro sitio para tumbarse y se puso un jersey. No encontraba la postura, tan pronto la picaba un codo como el dedo gordo de un pie, la dolía un brazo, o zumbaba un mosquito en su oreja. Intentó relajarse, disfrutar del lugar, estaba en un sitio maravilloso, el lugar perfecto para respirar profundo, pensar y relajarse.
Respiró profundo, pensó y no consiguió sentirse tranquila, el viento hacía que el pelo se le revolviera y molestara en la cara. Empezó a darle vueltas a la idea de marcharse, poco segura.
-Se me está haciendo tarde, si me pongo a caminar por alguno de estos senderos no me va a dar tiempo de disfrutar de lo que oculten al final, tendré que volverme pronto- Quedaba poco para que oscureciera y estaba empezando a preocuparse por ser incapaz de sentirse a gusto. Un nudo apretó su garganta. Buscó algo en lo que fijar su atención y su mirada se quedó prendida en las ramas del único árbol que crecía a su alrededor, era un olmo, dicen que el olmo es uno de los pocos árboles cuyas hojas no son simétricas, y pasó largo rato buscando su imperfecta forma. Pudieron ser horas o minutos, y de pronto, en un parpadeo, ocurrió algo maravilloso, una de aquellas hojas echó a volar, pero no con forma de otoño sino de mariposa.
Notó de nuevo un fuerte cosquilleo en el estomago, y sintió la necesidad de levantarse, siguió a la mariposa con la mirada primero y mas tarde con los pies, se movía en todas direcciones sin decidirse por ninguna en concreto, daba tumbos de un lado para otro. El cosquilleo era cada vez más grande, parecía que aquel ser alado revoloteara dentro de su estomago en lugar de danzar libremente por el claro. Y de pronto recordó que estaba dormida, soñando, que probablemente estuviera tumbada en la roca del parque y que esa mariposa si fuera la que removía su estomago. Giró observando todo lo que la rodeaba y entonces la vio de nuevo, tímida se adentraba por un camino. -Es casi de noche- pensó- no llevo linterna, el camino será oscuro, es posible que no lleve a ningún sitio y tenga que volver sola de noche. Quizá podría encontrar la forma de estar cómoda en la pradera, no puede ser tan difícil, es un lugar precioso, seguro que desde aquí la luna se ve llena...- Agobio.
Las cosquillas continuaban subían desde el estomago a la garganta, la mariposa había desaparecido. Dio un paso adentrándose en un camino para ver si la veía más adelante, nada, dio otro paso, y tras él muchos mas, al principio giraba la cabeza inquieta mirando el claro que se alejaba lentamente, pronto empezó a olvidarse de aquel lugar, parecía un camino largo pero estaba tranquila.
El final de ese camino es como el final de este sueño, desconocido aún. Se despertó en el parque pensando en lo valiente de poner los dos pies dentro de sí y caminar con ellos, dejarse llevar por sus instintos alados. Se despertó aprendiendo a escucharse, desechando la idea de perseguir encontrarse a gusto, buscando encontrarse y llegar donde no tuviera que buscar la postura, la forma, la manera... Dónde sentirse bien no sea una meta, sea una realidad. Quizá aquello que cambiaba, imposible de percibir a simple vista no estuviera a su alrededor, quizá el otóño empezara esta vez, dentro de ella.
El cosquilleo continuaba, se quedó dormida, apartó las hojas mas frondosas, y comenzó a caminar. Llego a una pradera amplia, guardada por un único árbol y de la que salían muchos caminos. La pradera parecía un lugar perfecto donde descansar, pero le picaba la curiosidad, ¿Donde llevarían esos caminos? Quizá alguno se adentrara en el bosque, puede que otro llevara a una pradera aun mas hermosa... tal vez alguno era una senda hacia un río...¿Serían muy largos? Siempre le había costado mucho decidirse, quizá fuera mas fácil quedarse disfrutando de la pradera, tumbarse al sol, dar algún brinco, buscar algún insecto azul... Se sentó a disfrutar en el medio de aquel claro, mirando de reojo los caminos, rascándose la curiosidad. Pasaron los minutos y empezó a sentirse un poco incómoda, hacía algo de frio, la hierba estaba algo seca y pinchaba. Buscó otro sitio para tumbarse y se puso un jersey. No encontraba la postura, tan pronto la picaba un codo como el dedo gordo de un pie, la dolía un brazo, o zumbaba un mosquito en su oreja. Intentó relajarse, disfrutar del lugar, estaba en un sitio maravilloso, el lugar perfecto para respirar profundo, pensar y relajarse.
Respiró profundo, pensó y no consiguió sentirse tranquila, el viento hacía que el pelo se le revolviera y molestara en la cara. Empezó a darle vueltas a la idea de marcharse, poco segura.
-Se me está haciendo tarde, si me pongo a caminar por alguno de estos senderos no me va a dar tiempo de disfrutar de lo que oculten al final, tendré que volverme pronto- Quedaba poco para que oscureciera y estaba empezando a preocuparse por ser incapaz de sentirse a gusto. Un nudo apretó su garganta. Buscó algo en lo que fijar su atención y su mirada se quedó prendida en las ramas del único árbol que crecía a su alrededor, era un olmo, dicen que el olmo es uno de los pocos árboles cuyas hojas no son simétricas, y pasó largo rato buscando su imperfecta forma. Pudieron ser horas o minutos, y de pronto, en un parpadeo, ocurrió algo maravilloso, una de aquellas hojas echó a volar, pero no con forma de otoño sino de mariposa.
Notó de nuevo un fuerte cosquilleo en el estomago, y sintió la necesidad de levantarse, siguió a la mariposa con la mirada primero y mas tarde con los pies, se movía en todas direcciones sin decidirse por ninguna en concreto, daba tumbos de un lado para otro. El cosquilleo era cada vez más grande, parecía que aquel ser alado revoloteara dentro de su estomago en lugar de danzar libremente por el claro. Y de pronto recordó que estaba dormida, soñando, que probablemente estuviera tumbada en la roca del parque y que esa mariposa si fuera la que removía su estomago. Giró observando todo lo que la rodeaba y entonces la vio de nuevo, tímida se adentraba por un camino. -Es casi de noche- pensó- no llevo linterna, el camino será oscuro, es posible que no lleve a ningún sitio y tenga que volver sola de noche. Quizá podría encontrar la forma de estar cómoda en la pradera, no puede ser tan difícil, es un lugar precioso, seguro que desde aquí la luna se ve llena...- Agobio.
Las cosquillas continuaban subían desde el estomago a la garganta, la mariposa había desaparecido. Dio un paso adentrándose en un camino para ver si la veía más adelante, nada, dio otro paso, y tras él muchos mas, al principio giraba la cabeza inquieta mirando el claro que se alejaba lentamente, pronto empezó a olvidarse de aquel lugar, parecía un camino largo pero estaba tranquila.
El final de ese camino es como el final de este sueño, desconocido aún. Se despertó en el parque pensando en lo valiente de poner los dos pies dentro de sí y caminar con ellos, dejarse llevar por sus instintos alados. Se despertó aprendiendo a escucharse, desechando la idea de perseguir encontrarse a gusto, buscando encontrarse y llegar donde no tuviera que buscar la postura, la forma, la manera... Dónde sentirse bien no sea una meta, sea una realidad. Quizá aquello que cambiaba, imposible de percibir a simple vista no estuviera a su alrededor, quizá el otóño empezara esta vez, dentro de ella.
martes, 30 de agosto de 2011
Por tí.
No se que siento.
Imposible decirlo, decírtelo, decírmelo.
Pero te siento conmigo,
me siento contigo
y me sentaría una vida entera
a comentar lo que ocurre, nos ocurre, les ocurre...
Me sentaría a sentir,
pasaría noches sin dormir,
descubriendo contigo qué sueñas, qué sueño, si soñamos...
escuchando lo que no dices, hablándole a tu piel con caricias.
Y si me siento pensando en lo que falta
me levanto entendiendo que no falta nada,
que no nos tenemos... pero nos miramos, nos pensamos, nos sabemos,
a veces dulces a veces amargos.
Siento... que te siento, me sientes, nos sentimos,
¿más?
Sería un sinsentido.
¿Sientes entonces?
Sí.
¿Qué?
Todo lo posible.
lunes, 29 de agosto de 2011
Aquel miércoles
Parecía que la tierra se revolviera no bajo mis pies, sino bajo mis entrañas. Necesité abrazarme y sentí que no me llegaban los brazos, tan intenso fue el calor que exploté, salté transformada en mil esquirlas que viajaron dispersas por el infinito. Con la sensación de ser buscadora de interruptores en la oscuridad, pescadora de peces en el desierto y veleta rota por el viento, en un instante que ha hecho cicatriz en mi memoria.
Recuerdo aquel parpadeo infinito, desear no despertarme. Las grietas abiertas, los ojos vedados. Recuerdo pensarte, cuanto más te quería, odiarte. Sentir que respiraba la vida estornudándola, atragantada contigo, cansada de no hacer pie.
Caí, con la impotencia guardada de gritar a alguien asomado en una ventana y que, cuando te oye, no entiende, sonríe para que te acerques, te tiende una mano, sin darse cuenta de que no tienes fuerzas para moverte tan lejos. Aquella ventana estaba demasiado alta. Aún me duelen las puntillas. Me doliste tú y la vida, y sé, que intentando agarrarme, arañé y abrí heridas.
Se removieron las entrañas, pero, pasado el miedo, veo que es del choque entre dos fuerzas subterraneas, de donde nacen las montañas.
Y desde entonces, Mar, que sabe lo que no sabe porque no encuentra su horizonte y Río, sorprendido en cada curva de su cauce. Agua, encendida.
Recuerdo aquel parpadeo infinito, desear no despertarme. Las grietas abiertas, los ojos vedados. Recuerdo pensarte, cuanto más te quería, odiarte. Sentir que respiraba la vida estornudándola, atragantada contigo, cansada de no hacer pie.
Caí, con la impotencia guardada de gritar a alguien asomado en una ventana y que, cuando te oye, no entiende, sonríe para que te acerques, te tiende una mano, sin darse cuenta de que no tienes fuerzas para moverte tan lejos. Aquella ventana estaba demasiado alta. Aún me duelen las puntillas. Me doliste tú y la vida, y sé, que intentando agarrarme, arañé y abrí heridas.
Se removieron las entrañas, pero, pasado el miedo, veo que es del choque entre dos fuerzas subterraneas, de donde nacen las montañas.
Y desde entonces, Mar, que sabe lo que no sabe porque no encuentra su horizonte y Río, sorprendido en cada curva de su cauce. Agua, encendida.
domingo, 28 de agosto de 2011
Llena en el vacio
Un día alguien pensó en la emoción de atar una cuerda entre dos montañas y pasar caminando sobre ella con los ojos vendados. Hace tiempo, decidí hacer de mi vida esa cuerda, y cierro los ojos porque así se lo que me gustaría ver, porque así mi dedos son capaces de sentir el aire. Cierro los ojos porque así me saben mejor los besos, porque escucho todo lo que no se dice. Cierro los ojos porque así, las emociones resvalan desde cada poro de mi cuerpo, y siento cada segundo como si en él se decidiera mi vida entera.
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